



poesía - narrativa - ensayo - traducción - apuntes - divagaciones aberrantes




Augusto y su Pequeño Placer
AKS
Una pulga de playa avanzó esa noche sobre el tablón de madera. Augusto la dilucidó confundida por la luz del mechero caminando sin rumbo aparente alrededor de las colillas, pequeños charcos secos de alcohol, gránulos de arena, el cadáver de un encendedor.
Augusto exhaló de su tabaco una nube de humo grande y concentrada que desvió de tajo la ruta que la pulga llevaba.
Atontada, quizá por la adrenalina que supone escapar, se estampó con el lomo de la edición anaranjada fluorescente. Se desplazó por los bordes del libro, quizá guiada por los cambios abruptos en la luz que produce la intermitencia del fuego, que se resiste a ser vencido por la brisa nocturna del mar.
La pulga encuentra por fin una recta a lo largo del tablón. Comienza a correr.
Unos centímetros adelante se proyecta la sombra de una botella de vidrio de Yoli que hay por ahí.
Augusto sujeta el casco del refresco por el cuello, suspendido en el aire mientras la pulga avanza alterada por las amenazas de una sombra masiva.
Augusto aprieta y enchueca los labios porque está listo para masacrarla.
Brilla en sus pupilas la pícara luz del fuego y sonríe.
Julio 09. Isla de Pájaros, Gue. Mx.
Nocturno Guerrerense
A Tijuana, crucemos la frontera. -DNC

EN EL SACO DEL VIENTO
Un vagabundo descalzo sobre una roca,
Mientras el oro del atardecer,
Avienta de sí el polvo del mundo.
Del bosque hacia fuera
Extiende su vuelo una ave
Y atrapa tajante lo último del sol.
Un sauce junto al río también hay.
Un camino.
Un campo.
Una palpitante pradera.
Secretos pasos
De hambrientas nubes.
¿Dónde están las manos que engendran maravilla?
Un violín vivo también hay.
Pregunto: ¿qué queda por hacer en este momento,
Oh, mundo mío de miles de tinturas?
A no ser que
Recolecte en el saco del viento
La roja belleza
Y la traiga a casa a cenar.
Una soledad como un monte, también hay.
BAJO TUS ESTRELLAS BLANCAS
(Unter Dayne Vayse Shtern)
Bajo tus estrellas blancas
Acerca tu blanca mano.
Mis palabras son lágrimas
Que en ella quieren descansar.
Mira, oscurece su brillo
Sótano de mi mirar
Y no tengo ni un rincón
Para dártelas a ti.
Todavía quiero, Señor, fiel
A ti confiar lo mío,
Ya que en mi se gesta un fuego
Y en fuego arden mis días.
Pero en sótanos y en hoyos
Llora asesina calma
Corro alto, sobre tejados
Y busco: ¿dónde estás, tú?
La extrañeza me persigue
Por escaleras y patios,
Cuelgo una cuerda averiada
Y así te canto a ti:
Bajo tus estrellas blancas
Acerca tu blanca mano.
Mis palabras son lágrimas
Que en ella quieren descansar.
AQUÍ MISMO ESTOY
(Ot bin ij do)
Aquí mismo estoy, florecido en todo mi tamaño,
Atravesado de cantos como abejas de fuego.
Escuché tu llamado a mí desde los primeros rayos
del alba
Y me dejé a ti a lo largo de la noche, y del polvo, y del sudor.
Ciudades y aldeas de mi se desprendieron,
Un relámpago prendió mi viejo, gris hogar.
Una lluvia disolvió los rojos rastros.
Y me mantuve por tu nombre erguido,
Como frente a un espejo azul de conciencia.
Las manos mías como ramas rajadas
Llaman impetuosas a tus claras puertas.
Los ojos míos, pupilas maravilladas,
Navegan hacia ti como dos velas.
Pero de súbito: la puerta está abierta.
No estás.
Todo se escapó.
No estás.
Queda un poema.
Un tonto llanto.
Un no-se-entiende.
Julio 09. Mx.
*Traducción del idish de AKS. Para dos de los tres poemas se usó el libro The Penguin Book of Modern Yiddish Verse, usando las traducciones del inglés como apoyo para la traducción al español. Unter dayne vayse shtern lo encontré en Internet.
Supón que entras en la habitación. Supón también que no te escuchó abrir la puerta. Lo verías a él, al fondo de la habitación, sentado en el segundo piso de una litera viendo hacia fuera, dándote la espalda.
Bueno, podrías pensar que está solo, en un momento de reflexión, viendo hacia la noche. También él pensaba lo mismo mientras exhala el humo y disfruta ver cómo la brisa se opone y lo empuja sutilmente hacia dentro, después de mantenerlo unos instantes como una gran bola de vapor que más tarde le traga el cuerpo.
Pero bien se sabe que la narguila vale más la pena estando acompañado, si es que de algo llega a valer estando solo. El caso es que también pensarías que está fumando solo. Descubrirías que es mentira. Está acompañado, y más de lo que crees. Mantiene un diálogo interesante con los cientos de piojos que moran en su cuero cabelludo.
Al tiempo que esta escena sucede, estos minúsculos seres muerden su cabeza, crecen, se reproducen y ¿por qué no?, también mueren (el peine que le prestaron los argentinos y el lavabo están de testigos). Ciclos enteros de vida suceden en su cabeza mientras unos cuantos días de su vida pasan.
La situación no es tan grave, la comezón no es tanta pero sí constante, además de que los nuevos amigos le están haciendo el favor de escarbar sus ideas, que falta ya hacía.
Así como nosotros hablamos de cosas milenarias como el Éxodo o las Cruzadas o de los mayas, estos insectos le hablan de cómo hace menos de una semana sus patriarcas se establecieron en su cráneo, montados sobre granitos de arena que vuelan por el desierto en cualquier zona del Medio Oriente o en las túnicas vestidas de los vendedores de los mercados.
Le aseguraron que no eran tontos, que sí se dieron cuenta del shampoo-pomada que se puso en la cabeza la última vez que se bañó y que amenazaba con cambiar el pH de su cabello.
Él les pidió disculpas por no poder evitar deshacerse de la comezón antes de que se exagere y contagie a los cientos de personas que lo rodean.
Ya no hay réplica, a pesar de que se escucha un tumulto. El piojo con el cual sostenía la conversación había muerto.
Otra voz microscópica le pregunta qué sabía sobre su padre.
Él se disculpó nuevamente por no poderse acordar de todos los padres de los padres de los piojos que le muerden ahora la delgada capa de piel.
El piojo suspiró de lástima y continuó con sus empresas de piojo, haciendo que él tome una uña y se rasque amargamente.
Otra voz diminuta exigió que se le dejara en paz, que viva y que deje vivir.
Resignado, prefirió no discutir. Siguió mordiendo.
Y con la mandíbula recargada sobre una de las palmas de sus manos siguió exhalando y jugando con el humo y la brisa que ofrece la noche en el corazón del desierto de Judea.
Primavera 07. Jerusalem, IL.
Envejecer
de José Emilio Pacheco (México)
Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 09
Premio Cervantes de las Letras 09.
Sobre tu rostro
crecerá otra cara
de cada surco en que la edad
madura
y luego se consume
y te enmascara
y hace que brote
tu caricatura.
De No me preguntes cómo pasa el tiempo.