jueves, 16 de julio de 2009

DIÁLOGO EN LA VENTANA (Cuento corto)


Supón que entras en la habitación. Supón también que no te escuchó abrir la puerta. Lo verías a él, al fondo de la habitación, sentado en el segundo piso de una litera viendo hacia fuera, dándote la espalda.

Bueno, podrías pensar que está solo, en un momento de reflexión, viendo hacia la noche. También él pensaba lo mismo mientras exhala el humo y disfruta ver cómo la brisa se opone y lo empuja sutilmente hacia dentro, después de mantenerlo unos instantes como una gran bola de vapor que más tarde le traga el cuerpo.

Pero bien se sabe que la narguila vale más la pena estando acompañado, si es que de algo llega a valer estando solo. El caso es que también pensarías que está fumando solo. Descubrirías que es mentira. Está acompañado, y más de lo que crees. Mantiene un diálogo interesante con los cientos de piojos que moran en su cuero cabelludo.

Al tiempo que esta escena sucede, estos minúsculos seres muerden su cabeza, crecen, se reproducen y ¿por qué no?, también mueren (el peine que le prestaron los argentinos y el lavabo están de testigos). Ciclos enteros de vida suceden en su cabeza mientras unos cuantos días de su vida pasan.

La situación no es tan grave, la comezón no es tanta pero sí constante, además de que los nuevos amigos le están haciendo el favor de escarbar sus ideas, que falta ya hacía.

Así como nosotros hablamos de cosas milenarias como el Éxodo o las Cruzadas o de los mayas, estos insectos le hablan de cómo hace menos de una semana sus patriarcas se establecieron en su cráneo, montados sobre granitos de arena que vuelan por el desierto en cualquier zona del Medio Oriente o en las túnicas vestidas de los vendedores de los mercados.

Le aseguraron que no eran tontos, que sí se dieron cuenta del shampoo-pomada que se puso en la cabeza la última vez que se bañó y que amenazaba con cambiar el pH de su cabello.

Él les pidió disculpas por no poder evitar deshacerse de la comezón antes de que se exagere y contagie a los cientos de personas que lo rodean.

Ya no hay réplica, a pesar de que se escucha un tumulto. El piojo con el cual sostenía la conversación había muerto.

Otra voz microscópica le pregunta qué sabía sobre su padre.

Él se disculpó nuevamente por no poderse acordar de todos los padres de los padres de los piojos que le muerden ahora la delgada capa de piel.

El piojo suspiró de lástima y continuó con sus empresas de piojo, haciendo que él tome una uña y se rasque amargamente.

Otra voz diminuta exigió que se le dejara en paz, que viva y que deje vivir.

Resignado, prefirió no discutir. Siguió mordiendo.

Y con la mandíbula recargada sobre una de las palmas de sus manos siguió exhalando y jugando con el humo y la brisa que ofrece la noche en el corazón del desierto de Judea.



Primavera 07. Jerusalem, IL.

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